


Todod sabemos que dios es el unico redentor de este mundo y que solo tenemos que seguirlo a el .El dijo. "venid a mi los que estais cargados y trabajados que yó os hare descanzar" Por otra parte bien lo dice que "TORRE FUERTE" es el nombre del señor.
¿Es Usted Un Verdadero Cristiano?
Se concede el permiso para reproducir este artículo pero solo en su integridad, sin ninguna alteración, e incluyendo el nombre del autor y la dirección del ministerio al calce.
¿Es Ud. un verdadero Cristiano o solo alguien que asiste regularmente a la iglesia? Por favor no piense que esto es lo mismo. Recuerde esta verdad eterna del Señor:
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino sólo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21 NVI).
¡En ninguna parte de la Biblia dice que ser un Cristiano significa ser alguien que se viste elegantemente, entra a un edificio comúnmente llamado “iglesia” y se sienta a escuchar un sermón! Muchos de los que irán al Infierno hacen esto cada semana, pero no poseen una fe obediente en Cristo la cual es necesaria para entrar al Reino de Dios.
Entonces ¿cómo describe la Biblia al verdadero Cristiano entre la salvación inicial y final? ¿Es su vida ahora, una en la que puede sentarse cómodamente relajarse y dedicarse a los placeres de este mundo por causa de la gracia y aún empezar a vivir de nuevo conforme a la naturaleza pecaminosa sin que esto sea un impedimento para su entrada personal al Reino de Dios? Según la Biblia, en esta vida, el Cristiano es:
· un soldado en una batalla (2 Timoteo 2:3-4),
· un corredor en una carrera de larga distancia (Hechos 20:24; 1 Corintios 9:24; etc.),
· un trabajador en un viñedo (Mateo 20:1-16),
· una arbol de fruta al cual se le pide dar buen fruto (Juan 15:5-6),
· un seguidor de Jesús que se niega a sí mismo (Lucas 9:23),
· un gerente o administrador (Mateo 25:14-30),
· un testigo de Jesús (Hechos 1:8-22; 2 Timoteo 2:2: Apocalipsis 2:13),
· un luchador contra las fuerzas de la oscuridad (Efesios 6:12),
· en la lucha contra el pecado (Hebreos 12:4),
· un extranjero y extraño en este mundo (1 Pedro 1:1-17; 2:11)
· y un servidor (o esclavo) de Dios (Hechos 4:29; 1 Tesalonicenses 1:9).
En vez de esforzarse por agradar a Dios y vivir una vida en santidad, muchas personas que alguna vez creyeron, son ahora personas tibias, borrachos y sexualmente inmorales, algunos de ellos piensan que tienen garantizada la entrada al Reino de los Cielos debido a la falsa enseñanza de la seguridad eterna. Lamentablemente, este “evangelio pecaminoso” es abrazado por muchos de los maestros apostatas más populares de nuestros días y ha afectado adversamente a la iglesia en todo el mundo. ¡Además, es una de las más grandes amenazas a la santidad, ya que ha llevado a incontables hogares a la destrucción, a actos criminales y a muchos suicidios!
Luego hay un desenfrenado problema de divorcios y nuevos casamientos, que han resultado en una multitud de matrimonios ilegítimos ante Dios, ambas partes siendo adúlteras (Mateo 5:32; 19:9; Lucas 16:18; Romanos 7:2-3; etc.). Incluso muchos pastores, ancianos y lideres de adoración en congregaciones locales son adúlteros, conforme a esos Pasajes, sin temor de ir a una eternidad en el Infierno, a pesar de la claridad de las Escrituras (1 Corintios 6:9-10; Efesios 5:5-7; Apocalipsis 21:8).
Lo que el mundo necesita hoy son líderes espirituales, como Juan el Bautista, que sin miedo declaren las verdades de Dios sin que les importen las repercusiones. En vez de pensar en sus propios ministerios, ellos deben ser protectores de las almas eternas que les han sido confiadas. Pero muy pocos parecen tener ese temor de Dios. ¡Gente, esto es serio! Nosotros, nuestros seres queridos y nuestros amigos serán afectados por toda una eternidad por lo que hacemos ahora en esta corta vida. Pablo derramó su sangre al menos nueve veces y estuvo años en prisión en su batalla por la eternidad. ¡En nuestros días, "Cristianos" profesos pasan años de sus vidas frente al televisor viendo cosas que pueden espiritualmente profanarlos a ellos y a sus seres queridos!
Finalizando esto, recuerde lo siguiente mientras Usted se examina espiritualmente:
Pero él les contestó: --Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica. (Lucas 8:21 NVI)
El que afirma: “Lo conozco”, pero no obedece sus mandamientos es un mentiroso y no tiene la verdad. (1 Juan 2:4 NVI)
No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que están es sus sepulcros escucharán su voz y saldrán de allí. Los que han hecho el bien resucitarán para tener vida, pero los que han practicado el mal resucitarán para ser juzgados. (Juan 5:28-29 NVI)
Él dará vida eterna a los que, perseverando en las buenas obras, buscan gloria, honor e inmortalidad (Romanos 2:7 NVI).
El que siembra para agradar a su naturaleza pecaminosa, de esa misma naturaleza cosechará destrucción; el que siembra para agradar al Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos (Gálatas 6:8-9 NVI).
Muchas Personas Irán Al Infierno (Mt. 7:13-14)
Al gozo por la obediencia
La primera reacción al leer este encabezamiento quizás sea de sorpresa: «¿cómo puede la obediencia ser una fuente de alegría?» se preguntará el lector. De siempre el ser humano ha pensado exactamente lo contrario: la libertad sí que es una fuente de gozo, pero la obediencia lleva a la opresión y a la frustración. Estamos, por tanto, ante una de aquellas gloriosas paradojas del Evangelio que contradicen la mente natural para mostrarnos la profundidad del poder transformador del amor de Cristo.
Obediencia de corazón y obediencia por obligación
El amor de Cristo es la clave de nuestro tema y la explicación a esta paradoja. «El amor de Cristo nos constriñe» (2 Co. 5:14-15). El motivo por el cual obedecemos va a determinar nuestras actitudes y nuestros sentimientos. La obediencia del creyente nace como respuesta natural al inmenso amor del Señor Jesús. No es, por tanto, una obediencia impuesta a la que uno se somete porque no hay otro remedio, sino una obediencia voluntaria que emana del amor. Cuando uno ama, busca agradar en todo a la persona amada; así lo vemos en la relación de matrimonio. El apóstol Pablo se refirió a esta actitud precisamente como una obediencia de corazón: «...habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados» (Ro. 6:17). La obediencia que sale del corazón es voluntaria y produce un gran gozo porque se basa en el amor. Por el contrario, hay una obediencia que no sale del corazón porque no ama a su destinatario y genera un pesado sentido de sumisión y hasta de amargura. Éste es el problema del legalismo en el que puede caer el creyente cuando su fe es una religión pero no una relación de amor.
Aquí estamos ante uno de los aspectos más singulares del Evangelio: Dios no obliga a nadie a creer. Siguiendo con la ilustración del amor conyugal, Cristo no nos fuerza, sino que nos seduce con su amor. Tal fue la experiencia de Jeremías cuando obedeció al llamamiento divino y lo describió con estas hermosas palabras: «Me sedujiste, oh Señor, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo y me venciste» (Jer. 20:7). Por esta razón, Pablo -y todo creyente puede hacer lo mismo- se congratula de llamarse siervo -esclavo- de Jesucristo: es una obediencia que genera gozo porque ama a su Señor.
El gozo: por qué y dónde encontrarlo
El gozo es un sentimiento al que todos los seres humanos aspiramos, a la par que rehuimos su antónimo: la tristeza. No es casualidad que el himno oficial de la Unión Europea sea el «Himno a la alegría», fragmento de la novena sinfonía de Beethoven quien puso música a un hermoso poema de Schiller (Oda a la alegría). Todos nacemos ya con la necesidad de gozarnos. ¿Por qué? Ello es una consecuencia de la imagen de Dios en el hombre. Nuestro Creador es capaz de experimentar tanto el gozo como la tristeza y fue su voluntad que los seres humanos disfrutaran también de este sentimiento. La capacidad para sentir alegría es un recuerdo del sello divino sobre nuestra personalidad. De hecho, los animales no pueden alegrarse de la misma forma que el ser humano.
En numerosas ocasiones la Palabra de Dios nos exhorta al gozo y la alegría. Se nos invita a «gozar de la vida, de la esposa», etc. Tanto los Salmos como los llamados libros sapienciales (Proverbios, Eclesiastés) están repletos de alusiones a la alegría. Y también en el Nuevo Testamento, como veremos, este sentimiento forma parte de la experiencia del cristiano hasta el punto de que el gozo es un elemento esencial del fruto del Espíritu. Cristo vino para darnos no una vida mediocre, vacía o triste sino una «vida en abundancia» (Jn. 10:10). De la misma forma el Padre «nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Ti. 6:17).
¿Dónde encontrar el gozo? Todos buscamos las fuentes de satisfacción en los más diversos campos de la actividad humana: culturales, políticos, religiosos. Así procuramos llenar nuestro tiempo de ocio con eventos a los que asistimos de modo activo o pasivo, como actores o como meros espectadores.
Sucede, sin embargo, que estas fuentes de alegría con frecuencia están secas o proporcionan una satisfacción muy efímera, por lo que se convierten en causa de desilusión, aburrimiento, y en no pocos casos en tedio y tristeza. Por tal razón, muchas personas ven en este mundo tan sólo un valle de lágrimas, en el que todo carece de sentido. ¡Todo es vanidad! como consideramos en los meses anteriores. Ese es el motivo por el que multitud de personas caen en el más deprimente pesimismo. Muchos hoy se preguntan: ¿hay motivos para la esperanza?. Un sí rotundo es la respuesta de los cristianos que se toman en serio las enseñanzas del Señor Jesucristo. Su certeza nace de creer y experimentar en su propia vida que Cristo es un manantial de donde fluye un gozo supremo.
Las palabras de Cristo, fuente de gozo y poder
Uno de los rasgos más llamativos de la persona de Jesús es su humanidad. El apóstol Juan, que compartió con el Maestro horas de honda amistad, recogió de él enseñanzas preciosas que ponen al descubierto una de las facetas más radiantes de su carácter: su amor. «Nadie tiene mayor amor que éste: que ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos...» (Jn. 15:13-15). Y de este amor brota un gozo inaudito: «Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea cumplido» (Jn. 15:11). El gozo de Jesús era el emanado del conocimiento del Padre y del cumplimiento de su voluntad, es decir de la obediencia. De este modo se anticipaba a la imitación de sus seguidores y con su ejemplo señalaba el camino de forma diáfana.
La obra de Cristo en sus discípulos se llevaría a cabo no sólo por esta vía de la instrucción y del ejemplo, sino ante todo por la acción del Espíritu Santo, como nos lo muestran los escritos del Nuevo Testamento, especialmente el de los Hechos y los de las epístolas. El testimonio apostólico se enlazaría con la enseñanza de Cristo y la experiencia de la Iglesia apostólica de todos los tiempos. Su historia registra ejemplos de fe y dudas, padecimientos difícilmente soportables y ejemplos de valentía de mártires innumerables que han sido blanco de las burlas de incrédulos y perseguidores. Pero estos mártires, lejos de desfallecer bajo el peso de la tristeza y el temor, han tenido experiencias de gozo triunfal, tal como les dijo su Maestro y Señor: «Vosotros ahora tenéis tristeza, pero os volveré a ver y se gozará vuestro corazón y nadie os quitará vuestro gozo» (Jn. 16:22).
Ello es así porque el gozo va íntimamente asociado al poder de Cristo. Ya lo anticipó Nehemías cuando declaró con vigor al pueblo: «El gozo del Señor es vuestra fuerza» (Neh. 8:10). Es cierto que el creyente sufre en verdad muchos de las penalidades que aquejan al no cristiano, pero también es verdad que del Señor recibe las fuerzas para confiar en él y seguir sirviéndole con alegría (2 Co. 12:1-10). No menos alentadoras son las palabras de Pedro cuando declara en su primera carta que somos «guardados por el poder de Dios mediante la fe para alcanzar la salvación (...) en lo cual vosotros os alegráis, aunque si es necesario tengáis que ser afligidos en diversas pruebas» (1 P. 1:5-6).
La obediencia, garantía del gozo, requiere un esfuerzo
Hemos visto hasta ahora cómo la bendición de la alegría no es otorgada al creyente incondicionalmente sino que va ligada a la obediencia. Ésta se convierte así en la garantía del gozo. Pero, además, el «estar gozoso» es en sí mismo un acto de obediencia. Las exhortaciones de Pablo al respecto suelen ir en el modo imperativo, es un ruego a obedecer: «Estad siempre gozosos» (1 Ts. 5:16), «Regocijaos en el Señor siempre...» (Fil. 4:4). Hay, por tanto un elemento de esfuerzo por nuestra parte incompatible con la pasividad y la autocomplacencia. Sin duda la seguridad de nuestra salvación es una fuente perenne de gozo, un gozo espontáneo. Pero, en otro sentido el gozo es algo a cultivar, como una planta que hay que regar, tal como ocurre con las otras partes del fruto del Espíritu.
La paz, consecuencia del gozo
Es llamativa, y sintomática al mismo tiempo, la cercanía con la que el gozo y la paz aparecen en el Nuevo Testamento. Tanto en el texto por excelencia sobre el gozo (Fil. 4:4-7) como en el pasaje clave del fruto del Espíritu: «amor, gozo, paz...» (Gá. 5:22-24), ambos están íntimamente vinculados. Una relación tan estrecha no nos debe sorprender por cuanto el gozo auténtico del Espíritu es también fuente de una paz profunda. Cuando contemplamos nuestro estado actual en Cristo y experimentamos que «nada ni nadie nos puede separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús», la paz y el gozo fluyen de forma abundante. Todo creyente se identifica con la reacción de los magos de Oriente quienes «al ver la estrella se regocijaron con muy grande gozo» (Mt. 2:10). La estrella, señal inequívoca del nacimiento de Jesús, nos recuerda la gloriosa esperanza, presente y futura, que tenemos en Cristo.
La conclusión de todo lo expuesto debe animarnos a cantar:
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